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Por motivos ajenos al centro y creo que todos conocemos, por simple cuestión de obediencia, por la petición de las autoridades, nos vemos obligados a tener que suspender las conferencias de manera temporal. Enseguida que se resuelva todo este asunto, daremos aviso, mediante el envío de un mail, para retomar la normalidad en el centro y comunicar las siguientes conferencias.


Como en muchas cosas que vienen por parte de los de arriba, puede haber una parte de verdad, una gripe un poco más severa, o no, que la de años pasados… pero la campaña del miedo, a través de los medios de comunicación, puede incluso llegar a ser más nociva para nuestra salud que el propio virus.

Me tomo la libertad de recomendaros un fragmento de un libro que se titula «Los Sabios de Schwerta» de Juan M. Taveras.

Ahí va:

Para probar una teoría, un científico de Phoenix, necesitaba un voluntario que llegase a las últimas consecuencias.

Lo consiguió en una penitenciaría de St. Louis, Missouri.

Era un condenado a muerte que sería ejecutado en la silla eléctrica.

Le propuso participar en un experimento científico, en el cual le sería hecho un pequeño corte en el pulso, lo suficiente para gotear su sangre.

El preso tenía la probabilidad de sobrevivir; en caso contrario, fallecería con una muerte sin sufrimiento ni dolor.

El condenado aceptó, pues era preferible eso a morir en la silla eléctrica, y además tenía una oportunidad de sobrevivir.

El prisionero fue colocado en una cama alta, de hospital, y amarraron su cuerpo para que no pudiera moverse.

Hicieron un pequeño corte en la muñeca. Abajo de su pulso, fue colocada una pequeña vasija de aluminio. Se le dijo que oiría su sangre gotear en la vasija.

El corte fue superficial y no alcanzó ninguna arteria o vena, pero fue lo suficiente para que él sintiera que su pulso fue cortado.

Sin que él supiera, debajo de la cama había un frasco de suero con una pequeña válvula.

Al cortar el pulso, fue abierta la válvula del frasco para que él creyese que era su sangre la que caía en la vasija.

Cada 10 minutos el científico, sin que el condenado lo viera, cerraba un poco la válvula y el goteo disminuía.

Mientras tanto el condenado creía que era su sangre la que estaba disminuyendo.

Con el pasar del tiempo fue perdiendo color, quedando cada vez más pálido.

Cuando el científico cerró por completo la válvula, el condenado tuvo un paro cardíaco y murió, sin ni siquiera haber perdido una gota de sangre.

El científico consiguió probar que la mente humana cumple, al pie de la letra todo lo que le es enviado, y aceptado por el individuo, sea positivo o negativo, y que tal acción envuelve a todo el organismo, sea en la parte orgánica o psíquica.


Hasta pronto.